Uno no estudia al hombre de forma satisfactoria desde una torre de marfil, y parte de mis intenciones ha sido vivir una vida muy plena en muchos niveles sociales, con el propósito de comprender al hombre. Y eso, lo he logrado.

      No puedo decir que me han gustado todas las cosas que hacen y dicen los hombres, pero puedo decir que, a pesar de las muchas razones para no hacerlo, he perseverado ayudando al hombre todo lo que he podido y he continuado siendo su amigo.

      Hace mucho que dejé de hablar acerca de mi vida real. Aprendí hace mucho tiempo que el hombre tiene sus estándares de credulidad; y cuando la realidad entra en conflicto con esos estándares, se siente desafiado.

      Por ejemplo, podía leer y escribir cuando tenía tres años y medio. Podía leer mentes y predecir el futuro con gran precisión. Tales logros asombran a la gente y, en esta vida, pronto aprendí a guardar mis propias habilidades para mí mismo o de otra forma, hallar la sociabilidad como algo imposible.

      Crecí en la frontera, entre la fuerza bruta y la adoración de la fuerza física; aprendí a vivir en un mundo tan duro e inestable, a no morir en una tormenta de nieve a cuarenta grados bajo cero o a no perder mis propios estándares en una sociedad bárbara donde la agonía era algo divertido para la gente.

      Esto llevó consigo sus propias leyendas y pasé mis aventuras, pero aprendí a contar el cuento atenuado.

      Justo cuando me había aclimatado al Viejo Oeste, en esta vida, me encontré trasladado al sur del Pacífico y Asia, a un mundo de cortesía y maneras delicadas, y tuve que adoptar un nuevo patrón de supervivencia.

      No había acabado de aprender esto cuando me encontré, en contra de mi voluntad, en el mundillo universitario estudiando ingeniería y matemáticas, y aprendí nuevas lecciones sobre relaciones sociales. Tuve bastante éxito en esto, llegando a ser el director de varios clubes y sociedades universitarias. Pero al adaptar unas matemáticas muertas a nuevas aplicaciones modernas, ataqué tanto los prejuicios de mis profesores, que pensaban que las matemáticas muertas no deberían tener ninguna aplicación, que aprendí una vez más acerca de nuestro mundo. Fui ridiculizado o desaprobado con tanta frecuencia por escribir o buscar la verdad, como para nunca sentir demasiada afinidad por las torres de aprendizaje artificial, tan alejadas de la vida. Decidí ir a estudiar otras razas, organicé una expedición y me hice a la mar en una vieja goleta de cuatro mástiles en vez de continuar por más tiempo en el mundo académico. Me hacen gracia aquellos que me condenan por no haber estudiado un tema en la universidad que no se enseñaba allí y que tuve que desarrollar para llenar el vacío en el conocimiento del hombre sobre sí mismo. Las respuestas no estaban en los libros de filosofía que estudié. Era necesario buscarlas en el mundo real.

[Picture]       Escribí, viví, viajé, prosperé, aprendí. Desafortunadamente no pude evitar totalmente hacer cosas espectaculares. No me parecieron espectaculares hasta que no las vi desde el punto de vista de los demás. Y de esa manera comencé a trabajar muy duro para contar la historia de forma atenuada, hacer lo que debía para aprender acerca del hombre y ayudarle como podía, y aún así no ver ojos desorbitados de incredulidad, hasta de shock, cuando alguien en el Club de Exploradores me presentaba como alguien que había amarrado a un oso Kodiak, escalado un volcán para ver su erupción de cerca, o como el protagonista de alguna otra hazaña. Me torné cauteloso a la hora de contar mis anécdotas, pero estaba observando la vida y viviéndola con el propósito de experimentarla; y lo que me sucediera a mí era totalmente secundario.

      Cuando ves un cuerpo estudiantil de aspirantes a escritor prácticamente apiñándose de forma entusiástica ante ti, por decir que, de hecho, escribes cien mil palabras cada mes como cuota, cuando dices lo que para ti es una simple verdad, y sin embargo te das cuenta de que los demás lo consideran increíblemente extraordinario, te vuelves cauteloso en lo que respecta a narrar de nuevo los siguientes incidentes que forman parte de tu vida cotidiana. Terminas pensando que los demás no tienen una vida cotidiana como esa y así, al no querer parecer extraño, simplemente dices menos y cuando dices algo, cuentas lo que esperas que sea común y corriente y ligeramente entretenido.

      El material para una autobiografía es abundante. Pero, ¿quién lo leería como una narración honesta?, por eso no la he escrito y nunca lo haré. Parecería demasiado, demasiado increíble. Así que me he abstenido de escribir inmensos tomos sobre mí mismo y mis aventuras, no porque haya hecho algo malo, sino porque no era importante hacerlo, y de todos modos, nadie creería siquiera mis narraciones.


Mi única defensa por haber vivido por L. Ronald Hubbard continuación...



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