El redescubrimiento del alma humana, Capítulo Uno

      Más o menos en esta época, un estudiante que se estaba especializando en biología, y yo, solíamos reunirnos después de clase en una taberna clandestina en la Calle 21 (¡qué días aquellos!) para unas manos de veintiuno y un par de tragos después de clase, y mientras trataba de desviar mis ojos de sus dedos ágiles, me deleitaba con fragmentos de lo que sucedía en el mundo de la biología. En una ocasión casi consiguió pasarme la carta que yo no quería, al comentarme que el cerebro contenía un número exorbitante de moléculas de proteína y que “se había descubierto” que cada molécula tenía orificios. Fascinado, le sonsaqué la información, y unos días después encontré tiempo para calcular la memoria.

      Me pareció que si las moléculas tenían una cierta cantidad de orificios, entonces tal vez la memoria podía estar almacenada en estos orificios de las moléculas. Al menos esto era más razonable que los textos que había leído; pero los cálculos hechos con matemáticas considerablemente superiores a las que usan los psicólogos o los biólogos, produjeron sin embargo un resultado en blanco. Calculé que la memoria se “hacía” a una determinada velocidad y se almacenaba en orificios en estas moléculas de proteína perforadas en forma de la energía más minúscula de que tuviéramos registro en física. Pero a pesar del enorme número de orificios de moléculas y la cantidad adecuada de memoria, todo el proyecto sólo rindió este resultado: me forzó a concluir, sin importar lo liberal que yo pudiera llegar a ser, que incluso con este sistema, sin duda alguna por debajo del nivel celular, el cerebro no tendría suficiente capacidad de almacenaje para más de tres meses de memoria. Y ya que podía recordar cosas muy vívidamente, cuando menos de antes de empezar el semestre, quedé persuadido de que, o bien la mente no podía recordar nada, o existían partículas de energía mucho más pequeñas que las que conocíamos en la física nuclear.

      Resulta divertido que una década después, esta teoría que yo había transmitido a un psiquiatra muy famoso con todo y cifras, regresó como un “descubrimiento” austriaco y fue ampliamente aceptado como verdad. Siempre me pregunté por el descuido del psiquiatra al haber perdido esa última página que declaraba, mediante los mismos cálculos, que la mente no podía recordar.

      Dejando todo esto a un lado por un buen tiempo, la física misma me hizo recordar mis cálculos. Hay algunos movimientos extraños que se pueden observar en los fenómenos atómicos y moleculares, que no se han explicado del todo; y suponiendo que una energía “más pequeña” pudiera hacer estos movimientos entre las partículas más grandes, me encontré cara a cara con lo burdo del equipo de medición con el que siempre habíamos trabajado en física. Aún hoy, sólo tenemos corrientes de electrones, para “ver lo pequeño”. Y yo estaba tan impactado por la enormidad de Terra Incognita que la física aún tenía que invadir, que parecía mucho más sencillo hacer lo que finalmente hice: me marché y me convertí en escritor de ciencia ficción.

      Al llevar la vida bastante romántica de un autor en Nueva York, Hollywood y el Noroeste, y saliendo al extranjero a adentrarme en culturas salvajes en expediciones para relajarme, hice poco en relación a mi búsqueda hasta 1938, cuando una experiencia bastante horrible llevó mi mente más cerca de mi objetivo, que siguiendo mi curso mental normal. Durante una operación morí bajo la anestesia.

      Retornado a la vida vivida de manera involuntaria por medio de una rápida inyección de adrenalina en el corazón, atemoricé bastante a mis rescatadores al incorporame y decirles: “Hay algo que sé, si sólo pudiera pensar en ello”.

      En mi cabaña en los bosques del Noroeste tuve bastante tiempo para pensar en ello. La experiencia me había enfermado lo suficiente como para mantenerme con ganas de leer; y durante algunas semanas no me alejé mucho de la tetera, la manta y los libros.

      La alarma causada en aquellos “cercanos a mí” cuando procuré entretenerles con esta aventura sobre la muerte, me divirtió. No se inquietaron porque yo hubiera muerto, real y completamente, desde el punto de vista médico y forense, y se consternaron de que yo hablara de eso. Decidí que este no era un tema popular y, sin embargo, investigué en la extensísima biblioteca en la que me recreé; y descubrí que este asunto no era desconocido en la experiencia humana y que un tipo llamado Pelley hasta había fundado un estudio religioso considerable sobre esto. Es muy posible que fuera al cielo, regresara y viviera para contarlo.

      Los textos psiquiátricos que mantenía cerca para poner nombres de dolencias impronunciables en boca de mis doctores de ficción, estaban tan alarmados como mis parientes cercanos. Daban a cualquiera de estas experiencias un nombre desagradable e inapropiado: “delirio”, y redactaban largos párrafos sobre lo malsano que este era para la mente. Sólo en ese tema de lo malsano podía yo estar de acuerdo con ellos. Siempre he considerado, consideraré y consideré en aquel entonces, que el morir era malsano. También parecían opinar que las personas que morían, debían permanecer muertas. Tras llegar a la conclusión de que como mejor se expresaba lo poco que sabían acerca de tales sucesos era mediante la cantidad enorme de faltas de conclusiones que escribían al respecto, acudí a los filósofos clásicos, y aunque ellos tenían mucho que decir, muy poco de esto era pertinente de manera concisa.

      Después de vagar por unos doscientos cincuenta kilos de textos, me di cuenta de algunas cosas que alteraron mi vida bastante más que el simple morir. Durante esas semanas en la cabaña, mis estudios me forzaron a algunas conclusiones. Concluí primero que morir no había sido muy dañino. Segundo, que el hombre, como todo un erudito, sabía realmente muy poco acerca del tema. Para bien o para mal, concluí que el hombre debería saber no sólo un poco más acerca del morir, sino mucho más acerca del hombre.

      Y eso forjó mi destino.

L. Ronald Hubbard



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