El redescubrimiento del alma humana Capítulo (Part 1/2)

L
a historia comienza en los laboratorios de física de la Universidad George Washington en 1930. Por pura coincidencia, casi al mismo tiempo, el Profesor Thomas Brown, que estaba a cargo de ese departamento, se encontraba emprendiendo experimentos que en los siguientes quince años darían como resultado la bomba atómica en la Tierra, en gran medida por la intervención del Dr. George Gamow, que era un ayudante en este mismo laboratorio.

      Sin estar consciente de la crueldad que se planeaba a unos cuantos metros de mí, estaba dedicado a un experimento acerca de la poesía. Bueno, en general, la poesía tiene poco que ver con un laboratorio de física; pero en esta ocasión, sí. Al estarme especializando en ingeniería bajo cierta coacción, y estudiando física nuclear con escepticismo, mi tedio había encontrado alivio al concebir que uno podría descubrir por qué la poesía, en cualquier lengua, sonaba como poesía, ya fuera que uno hablara o no esa lengua. [Picture]

     Usando un viejo fotómetro de Koenig para medir las vibraciones de la voz, leía una línea de Browning y luego una línea de prosa en forma alterna, estudiando cualquier diferencia entre la simetría de las vibraciones de la poesía en contraste con la prosa. Descubrí después de un breve tiempo que había una clara simetría, y estaba a punto de fraguar una prueba más compleja cuando se me ocurrió que la mente NO era un fotómetro de Koenig. Me hice atrás y miré atentamente a la fea máquina con sus cuatro espejos y su montura de vidrio, y me dije que sería terriblemente incómodo tener eso ahí olvidado, metido entre un oído y el otro. PERO si uno no tenía un objeto así entre un oído y el otro, SÍ tenía, o al menos DEBÍA TENER, algún tipo de mecanismo que tradujera y midiera, no sólo el impulso del sonido, sino también la simetría de ese sonido. Y habiendo medido el sonido, ese algo llevaría a cabo la difícil tarea adicional no sólo de conservar esa simetría, sino de recordarla y verla a voluntad.

      Así nació una búsqueda; una búsqueda que duró un cuarto de siglo. Así nació el tren de la intuición, la observación y la experimentación que finalmente redescubrió, como hecho científico, el alma, y adquirió métodos de hacerle cosas a ella, para ella y con ella, con certeza científica.

      Pero aquí en 1930, cumpliendo mi “condena en la Calle F ”, realmente no había un fin tan serio en perspectiva. Mi interés, debo confesar, se inclinaba más hacia remontar aeroplanos en el Congressional Airport, importunar al profesorado con mis artículos en el periódico de la universidad y asegurarme siempre de que la chica más solicitada del campus fuera la favorita de la asociación de estudiantes de ingeniería y mi pareja de baile, por supuesto.

[Picture]       Probablemente no hubiera salido nada en absoluto de mi búsqueda, si no hubiera tratado de resolver parte del problema haciendo una visita al temible, y algo demente, jefe del departamento de psicología. Él, reservando sus opiniones acerca de sus compañeros, quería principalmente saber qué estaba yo haciendo fuera de la Escuela de Ingeniería y por qué no dejaba esas cosas a los psicólogos, como debía. Esto me retó un tanto. Como joven sensible, teñido por la cortesía del Oriente en el que había pasado gran parte de mi época preuniversitaria, me oponía a que la gente fuera tan profundamente occidental; y después de reírme de él en unas cuantas columnas en el periódico de la universidad, engatusé, para que me dejara los textos de psicología, a un estudiante que estaba haciendo esa especialidad y cuyos ensayos solía yo escribir en la clase de inglés; y se me cerraban los párpados, aunque no la comprensión, al estudiarlos arduamente durante las clases de alemán y las conferencias de agrimensura, que de cualquier manera me aburrían intensamente. Pero a pesar de que estudié y comprendí lo que leí, comencé a creer que la comprensión era un poco unilateral. Estos textos, al igual que la cortesía del decano de psicología, eran algo deficientes.

      Al igual que la imagen de la imagen de la imagen en la caja de cereal, la psicología simplemente atribuyó todo esto primero al cerebro y luego a la célula. Sin ir más lejos, no describió tampoco ningún dispositivo de sonido, grabación y recuerdo. Con desdén juvenil relegué la psicología a ese mohoso montón de pretensiones que tan a menudo hacen pasar por conocimiento sus tonterías polisílabas, y decidí pensar un poco más sobre el pensamiento: un truco, por no decir otra cosa.


El redescubrimiento del alma humana continuación...



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